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Por los pelos

niños jugando Imagen de Sasin Tipchai

Por los pelos

Qué cantidad de recuerdos tenemos de nuestra infancia. Basta con que escuchemos una historia de un niño o una niña en una playa, en un campo, en un parque, o en cualquier otro lugar para que casi al momento nos venga a la mente una lluvia de situaciones divertidas, y otras no tanto, que serían dignas de aparecer en el más conocido libro de “Los cinco”, en un tebeo de “Zipi y Zape”, o en un capítulo de “Verano azul”. 

Si haces memoria, seguramente recuerdes algún castigo por portarte mal, claro, aunque alguna vez no lo hayas merecido.

En nuestras guerras mundiales de la infancia cuando éramos capturados por el enemigo, normalmente padres, madres, familiares, profesor@s o religios@s, estos siempre infligían en nosotros los mayores castigos que se pudieran aplicar, dignos de ser usados para extraer todo tipo de información por el más duro soldado del Frente Nacional de Liberación del Vietnam, más conocidos como los “Vietcong”. 

En las más cruentas historias narradas de críos a críos en los que la inventiva también era parte fundamental de la narración, contábamos que se nos había llegado a poner mirando para la pared, a veces incluso con los brazos abiertos, hasta en alguna ocasión con libros en las manos. También que en el colegio se nos había dado a otr@s con la regla en los dedos, en la cabeza, incluso se nos había propinado con un “capirote o capirotazo”, que era un golpe que se daba, haciendo resbalar en la cabeza, con violencia, la yema del pulgar, el envés de la última falange de otro dedo de la misma mano… Lo dicho, esto no lo aguantaría ni el mismísimo Rambo.

Pues dentro de los castigos alejados del: ¡Pues hoy castigad@ sin cenar! o el ¡Te quedas una semana sin salir! estaba el armonioso y melodioso tirón de pelos… Si lo rememoras en cámara lenta, te darás cuenta de que pocas obras de ballet, incluida “El lago de los cisnes”, tenían una armonía tal en el sube y baja y el viene y va, similares al meneo que tantas y tantas cabezas han disfrutado a la vez de ese viaje mental sin igual. ¡Ave María Purísima…!“

Seguramente a ti no te haya pasado, pero si fuera  así ¿Serías capaz de recordar la cantidad de pelos que quedaban entre esas manos ejecutoras? En serio, hay ocasiones en las que era mejor ser calvo. Y lo peor es que había ocasiones en las que no éramos culpables o al menos eso creíamos, pero enseguida salía la voz de los supertacañones de fondo que decía un contundente “-Por si acaso” o “-Para que no se te ocurra hacerlo a ti también”. 

Ay, el brazo largo de la ley… que a donde no llegaba enviaba una chancleta o una zapatilla. La verdad, enviaban cualquier cosa y sin sello. 

Pitágoras decía “Educa a los niños y no será necesario castigar a los hombres”. Y es que a nadie le gusta que le castiguen y menos aún cuando no lo merece, pero también estaba la otra parte. ¿Cuántas has hecho de las que no se enteraron tus padres o tus profesores? ¿Qué trastada al estilo “Daniel el Travieso” recuerdas con una sonrisa en los labios? Porque reconócelo, te has librado de más de una por los pelos.

Y esa sonrisa en la cara, de pill@, por esa gamberrada de la infancia que a veces se hacía siendo consciente del mal y otras no, se merece el más bonito de los marcos. Una fotografía para recordar, justo de ese arqueo hacia arriba de los morros que tantas veces se ha frungido, que tantas veces se ha golpeado con el suelo mientras andabas en bici, patinaba o cuando simplemente corrías por la calle o por el parque. Esos morros que tragaron la salada lluvia de lágrimas que tantas veces habrás derramado… Esos lindos labios están mejor sonriendo, recordando tantos dulces momentos de tu niñez y que tantas buenas historias te han dado y seguirán dando, recordadas ahora, por los pelos…

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