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Mensaje de estado

Locating you...

De boca en boca

Columpio

De boca en boca

Es por la tarde, acabas de salir del colegio y te llevan a jugar un rato al parque o a la plaza. ¡¡Por fin!! ¡Cuántas ganas tenías de estar al aire libre! ¿Recuerdas que nada más llegar ya solía haber alguien allí? Ese hecho provocaba en ti una alegría mayúscula, porque era el indicador que permitía que se liberaba tu mano, prisionera de otra más grande, que pertenecía a quien te llevaba hasta ese espacio en el que las mentes y los cuerpos se deshacían de toda la energía acumulada.

Veías a tus amig@s o compañer@s del cole y dependiendo del día que hiciera y del juguete que te llevaran, pasarías minutos que parecían años jugando al escondite, a los cochecitos, a las muñecas, al futbol, a la goma, a la mariola, incluso con la bici, si se podía

Y al puro estilo de alguna cadena española de televisión, no te podías librar de una pausa por muy interesante que estuviera tu juego, ya fuera que estabas escondido y nadie te encontraba, salvo una madre, o que ibas a decirle unas palabras bonitas a la persona que te hacía tilín… Pues eso, que de una manera o de otra te tocaba el momento “merienda”.

Esa comida ligera que se toma a media tarde, en algunos países al mediodía y en otros equivale a la cena, me lleva a recordar una expresión que nada tiene que ver en esta ocasión con la de los negros, si no con juntar meriendas, usada para expresar una unión de intereses.

Si pensamos en la evolución de las meriendas desde que somos pequeñ@s nos vienen un montón de sabores a las papilas gustativas. Empezando por los potitos tanto salados como de frutas, pasando por la fruta que, en el caso de los plátanos, he visto casos en el que la madre los colaba directamente en la boca de los infantes cual gallinas en el corral, porque después no los volvía a ver en horas. Y como colofón cómo no pensar en los bocadillos. ¿Qué llevaba el bocadillo que más te gustaba? ¿Ese que saboreabas bocado a bocado? Porque esos manjares de Dios que, elaborados con unos panes u otros, rellenos de unos fiambres u otros, impregnados de mantequilla, nocilla u otros, nos convertían en las personas más felices, hasta el punto de presumir de ello: -Mira Carlitos, hoy mi mamá me lo hizo de mortadela con aceitunas… O, por el contrario, un fracaso en el henchido de tal manducatoria nos convertía en auténticos monstruos, capaces de pasar sin merendar tras compartirlo con palomas u otros animales, porque ni en un campo de concentración servían una crueldad tal. Menud@s niñ@s.

Y es cuando somos críos, es el momento en el que se sabe cuán generoso es cada un@. Compartir los juguetes, la ropa o, en este caso, ese bocadillo. ¿Recuerdas cuando te decían o decías: -Me das un mordisco? Y si la respuesta era afirmativa, acto seguido quedaba marcado con los dedos el lugar hasta el que se podía llegar con los dientes, lo que a cada un@ le correspondía en función de las ganas de comerlo sol@ y del grado de amistad con la osada crianza catadora.   

Manjares de boca en boca; así era como se compartía lo bueno, lo rico, lo que gustaba y se disfrutaba con l@s amig@s.

Y si pensamos en merienda y disfrutar hay un día especial para l@s niñ@s. Hablo del 6 de enero, que me recuerda al santo de ese día y a un refrán: “Por San Gaspar, rosco para merendar” Y mascarillas aparte, ya que este año muchos niños se quedarán sin la cabalgata, al menos que no se queden sin roscón o un trozo de algo dulce para compartir de boca en boca.

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